FRANCISCO LEÓN FRANCISCO LEÓN



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Jul 29
2014

Hacer pie

La creación o la invención estética constituye uno de esos sueños de que se ha servido el hombre para sobrevivir al absurdo de la existencia: es decir, que la creación es en el fondo una invención moral. Pero a menudo oyes afirmar, primero que el arte por el arte es una huida, y, segundo, que el arte por el arte reduce a polvo precisamente toda moral.

El problema no es el arte. El mundo es el problema. El mundo es polémico, es absurdo, es angustioso, es delirante, y nuestra visión de él no puede ser sino polémica, absurda, angustiosa, delirante se mire por donde se mire. Pero continuamos viviendo.

«Tal como está la situación, lo mejor que puede hacer un profesor es limitarse a las ciencias naturales y al ámbito de sus aplicaciones prácticas. Todo lo que sea salirse de estos límites, por ejemplo la literatura, la filosofía o la historia, es entrar en un terreno peligroso, sobre todo si cae bajo la sospecha de trasfondos metafísicos.» ― E. Jünger.

Incluso la invención estética no deja de ser un absurdo enfático, una solemne estupidez. ¡Sueña, sobrevive!, nos dice la invención. La imaginación es un principio categórico.

La vida nos asfixia con sus podredumbres casi hasta la extenuación para, precisamente, alcanzar un día la comprensión de su única fuente de alivio.

Escapa a toda costa del cepo del aforismo. Es más, conjúrate contra él.

Esos repentinos pruritos de moral ―«¡Pero cómo se atreve este individuo a atentar contra los principios morales de tal o cual creencia!»― de que es presa la envidia. Al moralista más incombustible lo encontrarás dentro del más simple de los envidiosos.

«Los cazadores matan con singular placer lo que es hermoso», escribe Jünger en su novela Eumeswill. Y enseguida pienso en ese temblor arrebatador, casi obsceno, que se apodera de los terribles sanguinarios que matan lo hermoso mismo.

Durante la noche salíamos de los bosques para acudir andando hacia la costa, para bajar hasta las algas del mar. Aparecimos una madrugada en la taberna marina situada al pie de las galaxias. Los insectos revoloteaban asesinos alrededor de la sangre. Las olas se elevaban por encima de la escollera, gritaban para alcanzarnos y en su interior contemplábamos rostros y almas de santos coralinos. Las visiones del vino en nuestras sienes nos condujeron hasta las edades de los abismos. Pervivía allá adentro, allá abajo, una forma de belleza concentrada en la concha de un molusco. Floto en el plasma tenebroso y digo: «Quienes durante la noche abandonan su interior y se disipan, obtienen por lo menos la ganancia de la rapaz nocturna.» Después las faroles se apagaron, como astros rumorosos, y escuchamos otra vez las envolventes olas, derritiéndose en no sabíamos qué playa próxima. Esa noche, la cabellera ardiente de Escorpión se acumuló en tus ojos. Ya estoy curado de la vista. Y de pronto veía allí dentro, como por primera vez, los valles luminosos de nuestros bosques.

Sólo varios días después de haber penetrado las fronteras de aquella región solitaria, ocurrieron estos hechos. Comenzaste a echar de menos el canto de los gallos, por ejemplo. Transcurrieron los bosques y la lluvia, las ruedas se embarraban, luego alcanzamos la comarca fértil y en orden, los sembrados casi secos y por fin los hogares limpios. En una posada de campo me interesé por el destino de los gallos de la región. «Es por la resurrección, señor», explicó el patrón. Más adelante, en un abrevadero comunitario, un mozo de mulas bizco que, según dijo, había salido a escoger caracoles, se enjugó la frente y habló así: «Señor, en esta región, cada vez que un gallo canta, un muerto vuelve a la vida.»

Tras su artificioso chisporroteo, el aforismo palidece con decepcionante rapidez, dejando en el aire una nubecilla de paternal grosería. De mil leídos no subsiste ni uno sólo en la memoria, dijo uno. El aforismo es un enano sobre un taburete, dijo el otro, y continuó. Allá arriba se siente más capaz y declama como en los viejos melodramas: «¡Habéis visto de qué profunda verdad soy capaz!» Enseguida leemos otro y otro más con el propósito astuto de que ese sabor engañoso se diluya definitivamente y nos afecte lo menos posible.

Al leer aforismos en tal o cual libro, uno nunca sabe del todo si el escritor los ha disparado como flechas de ballesta, que debemos sortear buscando en nuestros corazones un atisbo de atónita inocencia, o son meras medallas de viso soberbio clavadas en la solapa.

«¡Devolvednos, ricos de los siglos, avaros, usurpadores, los bienes que injustamente retenéis!» No hay para mí otra verdad que esta. Es el grito de Thomas Müntzer en el altar. La alienación de tan sólo un fragmento, un terrón, un surco de la tierra ―lo que llamamos propiedad privada― constituye no ya un robo, sino un pecado cuya expiación debería saldarse con la muerte. La cultura de la propiedad privada, cuya expresión absoluta es el Estado, tiene su fundamento en la agresión contra el dios bueno, contra los mansos. Mediante la artera simulación de una creatura mundi paralela, el Estado suplanta con instrumentos represivos al verdadero amo divino de la tierra (y no sólo suplanta su tierra comunitaria, sino su energeia misma) para dominarla y prorratearla entre sus jerarcas depredadores. Tras el grito de Müntzer ya sólo nos llega el pálpito de la venganza futura.  

Olía a perro muerto, y el hedor persistió allí hasta el final del verano, señalando con vehemencia el círculo de pelos y uñas donde estuvo el cadáver. Ese día ardí en fiebres y permanecí abrazado a mi madre hasta la noche. Nos sirvió le cena y nos habló por primera vez de la muerte.

De camino a las hondonadas, al invierno siguiente, los primos y yo encontramos el buey hinchado por la putrefacción. «Lánzale una piedra», dijo. Rebotaban hacia el cielo con un sonido de tambor ahuecado.

A la mitad de aquel invierno los pescadores regresaron a tierra con el cuerpo de un ahogado. Era el padre de Santiago. Bajamos gritando como jíbaros alertados por la novedad. Le faltaban dedos, dientes, mechones de cabello, era un ahogado sin zapatos, con hilos de sedal enredados al cuerpo, penetrando la piel putrescente y arrugada.

Un tío abuelo de carácter plutónico, Lázaro, se ahorcó en una higuera después de perder una apuesta.

Mi madre me contó que Ruti, el perro de mi abuelo permaneció ovillado bajo el ataúd, y cuando los familiares cargaron a hombros el féretro, Ruti siguió a la comitiva aullando un rezo extenuado.

Muchos años después, mi madre y yo fuimos a desenterrar a uno de sus catorce hermanos. La calavera astrosa flotaba sobre el traje nupcial con que la habían amortajado. Mientras astillaba uno a uno los huesos más largos del esqueleto de tía Lola, como si se tratara de leña para el hogar, el sepulturero repetía: «Hace un calor de perros».

Una noche, mi tío Cheché escapó del manicomio. Por primera vez en su larga lista de fugas no se dirigió a la casa de su madre, sino que la rehuyó. Mi padre lo buscó por la capital día y noche.

Mi padre murió de madrugada en mis brazos, dos días después de su cumpleaños. «Pronto tendrás que llevarme a la tederas.», dijo cuando aún vivía.

La tedera es una planta silvestre de flor simple y basta, de llana hermosura, con que mi abuelo criaba sus conejos.

Cuando llegaba la Fiesta de La Cruz, aquellos mismos conejos alimentados con flores de tedera iban a parar al guiso de mi abuela, que murió meses después ―por fastidio o aburrimiento― de que falleciera mi abuelo.

La muerte va y viene de su casa a la fragua todos los días. Silbando, como el que más.

Sueña nuestra mente, afirman los psiquiatras, para dotar al niño de experiencias que aún no han sucedido.

El bañista que rebusca entre los poemas y las olas sabe que su experiencia jamás sucederá en vida, en esta vida consciente, sino en un sueño curativo, en la inconsciencia activa, en la semiconsciencia, en la dejación, en la duermevela, en el mesmerismo.

El lenitivo contra la presencia de la muerte en vida, ¿cuál es?

En la Playa de la Consolación. Tormenta marina. Estas olas de energía y luz que roban la consciencia, la lógica.

Leer un poema de Keneth Roxroth o unas memorias bien escritas, como las de Canetti, nos sumergen en el líquido amniótico de la belleza. ¿Para qué pedir más?

Te desnudas por fin sobre la roca y entras en el agua de cueva, hacia los reinos de los que tu sueño procede.

Hamann en su Aesthetica in nuce: «La poesía es la lengua materna del género humano». 

  • Julio 29, 2014
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