La estrella mediática de la poesía española actual, heredera de toda aquella morralla experiencialista que se desinfló por fin en la vacuidad de sus propuestas hacia finales de los 90, la estrella enana blanca, Luis Alberto de Cuenca, el mismo que a principios de mes se descolgaba en los periódicos anunciando que la poesía española no se leía ni se compraba porque muchos poetas eran un pestiño (Del latín pistus, majado, batido.
Persona o cosa pesada, latosa o aburrida, según el DRAE), el mismo genio que hace unos años años, inflado de sabiduría y con la manta liada a la cabeza, declaraba a los cuatro vientos que afortunadamente en la poesía española se había erradicado todo atisbo de imaginación, el mismo Luis Alberto de Cuenca que viste y calza, acaba de entregarnos en
Cuaderno Ático
(Núm. 4, 2014) un ejemplo fabuloso de su emocionante (a alguien le parecerá incluso divertida) poesía de comunicación. Se titula este dechado de virtuosismo lírico ―sujétense a la silla― «Cartas de amor». Ya el título suena a cosa pesada, latosa y aburrida, y si no fuera porque el poema va en serio y ha sido compuesto para que sea pensado por una mente humana, su comienzo sería sin duda uno de los arranques poéticos más memorables que la poesía española ha parido, por lo menos, en los últimos cincuenta años. Disfruten:
Después de darse un baño de agua tibia
y enjabonarse hasta el agotamiento
(para olvidar que aquella mala pécora
lo había despedido de su casa,
dándole con la puerta en las narices),
se acordó de las cartas que había escrito
—y no había enviado— a aquella chica
de pelo rubio que vivía entonces…
El huracán de versos embriagados de sí mismos continúa hacia unas profundidades transparentes que quitan el hipo.
Igual que en otros pasajes no menos significativos y magníficos (Era tan fuerte / la experiencia de oler en esas cartas / el aroma de aquel amor pretérito / que se impuso por K. O. a la tristeza / de su actual desengaño…), nuestro poeta humanista ―como le gusta que le llamen― deja bien claro con su «Carta de amor» lo que debe ser exactamente y de una vez por todas la poesía española y a hacia qué procesos deben tender los hornos de creación de los poetas actuales y futuros en nuestro país. Y sobre todo, manifestación mayor: qué merece la pena que compren y consuman los lectores de poesía.
En este punto les recuerdo a los lectores que la élite literaria no es aquella que escribe poemas supuestamente herméticos (¿cómo los ha denominado De Cuenca alguna vez? ¿confusionistas?). La élite siniestra es aquella que prescribe lo que debe ser leído, escrito y comprado. Eso sí que es un signo vanidoso de elitismo y desfachatez.
Pero volvamos a «Cartas de amor». En cuanto a imaginación, en cuanto a sugestion mallarmeana, en cuanto a máquina de emocionar (Paul Valéry) cero patatero. Que es precisamente lo que pretende De Cuenca. Su lenguaje no es directo, como pretende su argumentario, sino plano. Su experiencia no es cotidiana ni sustancial ni real, sino más propiamente frívola, inane y tópica. Tampoco logro comprender por qué se hace pasar por poesía lo que a simple vista no es más que prosa con tamborileo y micronovelita de amor y rosas. Por otra parte, Doctor en medicina y cirugía también es un endecasílabo, y a nadie en sus cabales se le ocurre llevar ese verso a una antología de poemas.
Esto es, para Luis Alberto de Cuenca, la poesía. Es decir, la verdadera, la legible y comprable. El mecanismo de un botijo resultaría más sugerente que lo que nos vende este buen hombre dentro de sus libros. No se me ocurre, sinceramente, una manera más tramposa de engañar e insultar la inteligencia del lector de poesía.
Cuaderno ático coloca el poema de Luis Alberto de Cuenca (y por tanto el ejemplo de sus recientes palabras) como frontispicio y culmen de su espacio estético. Sin duda no es un gesto que pueda ser calificado de inocente. Cuaderno ático presenta de ese modo su modelo, su canon, lo que considera el culmen, el apogeo. Y aún así, nada que objetar. Al fin y al cabo, las revistas de poesía existen, como decía Jorge Luis Borges, porque quienes las hacen aman u odian algo.
Pero tras el odio o el amor llega siempre la verdadera lectura: una interpretación crítica. Se le pide al lector que lea compulsivamente, es decir, que tan sólo compre el libro, babee sobre los versos y renuncie a todo juicio crítico. Pero el lector debe detenerse a pensar un instante: En realidad, ¿qué estoy leyendo? Se trata de una buena pregunta, temida por los especuladores de la literatura y que es sorteada interponiendo entre lector y especulador un texto desproblematizado, “normal”, precario, sin significado y con apariencia formal de modelo genérico. Pero comprender palmariamente lo que leo, comprender sin problemas, no es interpretar, ni mucho menos un signo inequívoco de calidad. Si, como se ha dicho, y con toda razón, la poesía es un lenguaje dentro del lenguaje, también se debe advertir que la lectura de la poesía es una lectura dentro de la lectura. «Sólo los poemas flojos pueden interpretarse o entenderse por completo. Sólo en textos triviales u oportunistas el significado equivale a la suma de sus partes.» A veces el lector debe elegir entre George Steiner o Luis Alberto de Cuenca.
Leyendo poemas oportunistas de esta calaña, en cuya base medra el engaño, la trampa, el simulacro, me han venido a la cabeza las palabras que hace ya más de veinte años refería en una entrevista José Ángel Valente. Algo simple, pero rotundo: La poesía de la experiencia es una birria. Tampoco tengo nada que objetarle ahora a Valente. Es más, estoy convencido de que son poemas como «Cartas de amor», y libros atestados de poemas como estos ―estos sí, verdaderos pestiños insoportables y carentes de intensidad creativa, birrias de esta categoría, trivialidades disfrazadas de experiencia real―, los que en nuestro país reducen el número de lectores de poesía.