El privilegio de contarlo

Desearía uno marchar siempre en la dirección de la buena estrella o de la mala, no importa, pero caminar siempre al lugar distinto, siempre al espacio inédito, para así jamás volver atrás, ni poner cuidado en lo recorrido y sabido. Ir a la que salga, poner proa hacia los espejismos, cruzar las Escilas y domeñar las Caribdis. Elevarse corriente arriba hasta los Sangri-La de las visiones y sólo volver la vista atrás desde la peña de la memoria. Pero alcanzadas las extrañas postrimerías del viaje, en valles solitarios de soles extraños, un día los pensamientos se cansan como el humo, al otro las voces del camino cesan, y poco después en los árboles de los territorios inexplorados los frutos palidecen como maná podrido. Y dudamos. Al principio del viaje ―cualquier tipo de viaje― las calderas de la emoción arden tan al máximo y transmiten a los mecanismos de las piernas tales energéticos movimientos de avance ciego e inopinado que no hay vado que se nos resista. ¡Al diablo el pasado, me comeré a dentelladas las calles por venir, todo será mío bajo la suela incesante de mis zapatos! En eso, a trancos neuróticos, uno sueña con llevarse la mano a la llaga del pecho y de allí dentro arrancarse la víscera pulposa de la pena que nos ata al pasado, al origen, a la puerta, a la madre. «¿Eh, tú, paseantín ―nos pregunta el arriero del camino― ¿a qué parte marchas con tanto cascabeleo?» El arriero, precisamente, ese que siempre va del mismo sitio al mismo sitio. ¿Qué habrá de saber éste?, nos decimos sin detener el paso, qué habrá de revelarnos el ignaro, pensamos con desprecio. Mi ley me conduce más allá siempre, a donde nadie sino yo sólo he de dirigirme. Y años después, aún en ruta, con las alpargatas roídas, el sayo remendado y la memoria ya disuelta, en soliloquio demente con el polvo contestamos al mismo arriero que, al parecer ―porque siquiera ya nos sabemos seguros―, el destino que alentamos no es más que la pura transformación. ¿Transfigurarse en otro diverso del que fuimos ayer, y antes de ayer, y antes de antes de ayer? ¿En esto se resume tu ley, tu fe, tu guerra? Ve con cuidado, no te desgasten las sucesivas innovaciones de ti mismo y un día, de tanta sutileza, ni si quiera tú aparezcas debajo de tu sayón, encima de tus abarcas, dentro de tu recuerdo. Ningún viaje sirve si no se disfruta del privilegio de regresar para contarlo.