«Syntaxis», treinta años después.

Fui uno de los que llegaron tarde al milagro Syntaxis. Desafortunadamente, a principios de la década de 1990, cuando inicié mis estudios universitarios, la trayectoria de Syntaxis llegaba a su fin. Desafortunadamente, digo, porque siempre he percibido aquel desencuentro como una pérdida en mi experiencia intelectual, incluso como una desventaja. No era la primera vez, en cambio, que había oído hablar de Syntaxis. Aparecía de cuando en cuando en la biblioteca del instituto donde estudié el bachillerato. Alguna vez, para mi asombro, incluso la ojeé. Más tarde una profesora ―Margarita Gómez Sierra― llevó varios ejemplares a la clase de literatura con el propósito de iluminarnos sobre la nueva poesía canaria, que en su opinión apasionada, como deben ser las opiniones, se reducía a los vanguardistas insulares y a un tal Andrés Sánchez Robayna. Sólo cuando en primero de carrera trabé amistad con Alejandro Krawietz, volví a escuchar el nombre de Syntaxis. De ese modo inicié, con retraso, a destiempo, pero con afán y rigor, una de mis experiencias lectoras más transformadoras. Ingresaba sin saberlo en esa especie de religión que años después el poeta Melchor López denominó, con tanto acierto, corrientes syntácticas.

Canarias suele ser un territorio intelectualmente desagradecido. A menudo veo cómo escritores, poetas o artistas sortean el compromiso de expresar claramente su vinculación a tal o cual aventura iniciática con la increíble excusa de evitar ser adscrito y sintetizado por otros en tal o cual foco creativo. Tal vez temen ser reducidos a una mera etiqueta grupal, ―syntaxiano, por ejemplo―, sin caer en la cuenta de que tal proceso reductor no parte de ellos sino desde fuera de ellos. Rechazamos o minimizamos la coralidad y los proyectos compartidos, hayamos o no pertenecido a ellos. De pronto nos convertimos en solitarios eternos, como si súbitamente viniéramos de la nada y nos encamináramos tal vez hacia ninguna parte.

Tengo claro que contra el pensamiento reductor, contra los especialistas del encasillamiento, la mejor estrategia consiste en ofrecer la más grande, compleja y detallada fotografía posible de nuestros orígenes. Explicar el motivo por el que fuimos un día syntaxianos o fetasianos, paradisiacos, o lo que fuera, si se trató de una experiencia creativa auténtica, nunca es un demérito, sino un acto de auto-análisis y, por lo tanto, un acto de ampliación de nuestro propio campo de expectativas.

En este año que termina se cumplen tres décadas desde que en 1983 se publicara el primer número de Syntaxis. A muchos de quienes comenzamos a conocer Syntaxis justo cuando desaparecía, nos pareció siempre una de las mejores revistas literarias publicadas en España durante la década de 1980. Y me lo sigue pareciendo ahora. Es una revista de posicionamiento, de análisis y de difusión de una determinada ideología estética. Nada que ver con el batiburrillo de las revistas divulgativas y generalistas. A menudo todavía abro sus páginas para revisar tal dato, recordar cual poema, revivir cierta emoción. Y nunca cierro sus páginas sin aprender algo nuevo. Pero ¿por qué puede afirmarse que Syntaxis es seguramente la revista española más importante de los últimos tiempos?

En primer lugar Syntaxis se opuso frontalmente a un viento de conservadurismo literario que recorrió la cultura occidental bajo el nombre de posmodernismo y que en nuestro país dio como resultado lo que se llamó finalmente «poesía de la experiencia». El triunfo del neoliberalismo y sus estrategias desustanciadoras empapaban la cultura de esos años, y el lector, en buena lógica, fue convertido en un mero consumidor de mensajes modales y superfluos. La pervivencia en el espacio literario español de la década de 1980 de procedimientos y modos líricos heredados acríticamente de las así llamadas poéticas testimoniales y rehumanizadoras constituyen el campo de cultivo en el que el posmodernismo de pensiero debole se desarrolla hasta producir en nuestro país una estética regresiva que alcanzó su cota más alta entre la segunda mitad de la década de 1980 y la primera de 1990. Surgió así entre lectores y escritores un desprecio casi absoluto por lo moderno, por los hitos de la Modernidad ―que era relacionada únicamente con procesos de desintegración de lo humano mismo, y se señalaba para demostrarlo la barbarie de los fascismo, por ejemplo― pero, sobre todo, se consolidó un desprecio ufano por las expresiones más radicales y excéntricas de la creación moderna. Este era el ambiente en el que comenzó a publicarse Syntaxis, en el que tanto las vanguardias históricas, como las transvanguardias de las décadas de 1950 y 1960, como sus evoluciones posteriores fueron desplazadas del mapa literario contemporáneo y despreciadas por representar, se decía, una cultura incomprensible, alejada del lector y ajena a mundo cotidiano de las personas normales. Consciente o inconscientemente, quienes avanzaban por esta vía negaban los valores y procesos utópicos defendidos precisamente por la modernidad. En el paroxismo de la «normalización» o «estandarización» se llegó a reprochar la inclusión de la imaginación ―del ingenio o la invención― en el proceso creativo mismo. La imaginación era un peligro para la creación literaria. Esta frase salió de labios de un poeta español que llegó a ocupar un alto cargo en la estructura cultural española de ese tiempo. No me extraña que algunos años más tarde tuviera que salir al paso el pensador alemán Jürgen Habermas para recordarnos a todos que a la modernidad no se le podía eviscerar su aparato cordial mismo, la utopía y la imaginación. No fue el único resistente, desde luego, y precisamente en ese contexto negativo y altamente crítico con las experiencias renovadoras surgió Syntaxis. Ha de tenerse en cuenta además que justo en ese contexto, y pocos años antes de que la revista tomara cuerpo, los escritores e intelectuales que se reunieron luego en torno a Syntaxis editaban ya un suplemento literario en el periódico La Jornada llamado Jornada literaria, en el que de modo muy especial se intentaba analizar y rescatar las experiencias más sólidas de la vanguardia histórica insular, olvidadas hasta ese momento por la larga noche franquista. La necesidad de ofrecer un cauce expresivo de mayor relieve y difusión internacional a esas precisas experiencias (y a sus implicaciones estéticas en lo contemporáneo), y sobre todo, conectarlas con sus propias actividades creativas mediante un salto crítico que superara el arco temporal de la cultura inmovilista de la Dictadura, los condujo a la idea de fundar definitivamente su propia plataforma de expresión.

Pintura de Luis Palmero

No puedo hablar por quienes hicieron o colaboraron con Syntaxis, hablo sólo por mí y, disculpándome por ello, por boca de algunos escritores de mi promoción. Para nosotros, Syntaxis representó y representa ―lo he dicho otras veces― un proyecto que iba más allá de los límites cronológicos en que la revista se desarrolló. Llegó hasta nosotros entonces, nos inspiró para continuar y espero que se perpetúe en las mentes de sus lectores futuros. Que desapareciera en 1993, aunque nos resultara triste entonces, no significó en modo alguno la emulsión de las ideas y principios que sustentaban aquel proyecto, sino todo lo contrario: la ratificación de un camino crítico y creativo que, a la vista está, no ha perdido ni un ápice de vigencia.

En cada una de sus entregas, ya fuera de modo directo o indirecto, repensándolos, examinándolos bajo una luz novedosa, Syntaxis apuntaba siempre a los fundamentos de la modernidad: el barroco y su transformaciones en lo actual (como el llamado barroco de la levedad), naturalmente el romanticismo radical europeo, la tradición simbolista, las experiencias de las vanguardias históricas y las transvanguardias tanto europeas como americanas, los neo-expresionismos occidentales, la poesía meditativa, etc.

Syntaxis también atendió a las experiencias artísticas internacionales que se sintieron próximas a la herencia de estas principales corrientes: desde Ernesto Tatafiore hasta Tàpies, desde Penck hasta Salvo. También defendió una poesía fundamentada en irrenunciables principios modernos, es decir, defendió siempre la literatura dotada de pulsión crítica, dotada de memoria, de pensamiento, de ingenio, de capacidad experimental. En el ámbito de Canarias no sólo mostró su interés por la sistematización de la literatura de la vanguardia histórica insular, sino que fue el trampolín para muchos escritores y artistas nuevos. Para mí fueron muy importantes pintores como Medina Mesa, Pepe Herrera o Luis Palmero. O escritores como Manuel Padorno o Melchor López.

Syntaxis apuntó siempre, en fin, hacia lo singular a través de lo universal, hacia lo extraordinario a través de lo local, y por ello representa sin duda una forma insular de leer o de imantar los signos (ciertos signos) universales de la cultura para adicionarlos a la imagen propia, a la imago insularum. Dicho de otra manera: se pueden ver los treinta y un números de la revista como un gran tejido en el que quedan representados y urdidos críticamente aquellos elementos del arte y la literatura mundiales que más interesarían a la imaginación insular a la hora de reelaborar, por incorporación de datos afines, la mente de la cultura en las Islas. Esa fue, creo, su mejor enseñanza como revista, haber guiado al lector hacia el conocimiento integrador de lo excepcional, enraizado al mismo tiempo, cabal y opinantemente, en el seno de la tradición occidental.

Supongo que quienes hicieron posible esta revista son conscientes de que obraron un milagro que, por desgracia, por las propias especificidades de la revista, no ha sido difundido como merece. Y creo que se debe romper con esta inercia. Vindicar Syntaxis. El primer escollo, supongo, se deriva del propio ideario de la revista, de su posición estética extrema y del rechazo tácito a los abusos de la posmodernidad española y las manías excluyentes y auto-excluyentes de los localismos. Para muchos, por lo tanto, Syntaxis era y será todavía una revista elitista e ininteligible. Para mí y para otros escritores de mi generación constituyó, en cambio, una piedra filosofal, una guía, una especie de curso délfico del que cada cual ha extraído sus propias conclusiones, sus propias vías de evolución, su propio camino. No olvidaré jamás que la lectura de sus páginas me condujo a obras de poetas, escritores, pintores, traductores y ensayistas de primer orden, cuyos nombres, por cierto, eran evitados en las revistas y suplementos literarios españoles mayoritarios. En cambio, pese a que hay un alto índice de consenso en torno a su excelencia, Syntaxis no ha sido reeditada ni de manera facsimilar ni a través de Internet, ni sus contenidos han visto la luz por otras vías. Incomprensiblemente, Syntaxis no posee siquiera una entrada en Wikipedia. 

Syntaxis está a la altura de Gaceta de Arte, de La Rosa de los Vientos, de Cartones. Por no caer en la grosería de afirmar que las supera. La nombro entre estas revistas porque, precisamente en Canarias, es donde Syntaxis resulta más ignorada. No podemos permitir que uno de los hitos más altos de nuestra cultura literaria caiga en el olvido o en el desprecio. Syntaxis pertenece a esa tradición de revistas vindicativas que surgen a principios del siglo xx en los principales focos de renovación estética y literaria europeos, revistas en las que se debatía la continuidad misma de la cultura, la subsistencia del pensamiento crítico y la ampliación de los procesos creativos. En suma: el hálito utópico. Y esto es lo que ha convertido a Syntaxis, fuera de Canarias, en una revista imprescindible y mítica.