ENTRE LA UTOPÍA Y EL DESENCANTO. COLECCIÓN LOS BRAGALES EN TEA

Entre la fotografía de una barca hundida en la margen de un río y, al otro lado de la sala, un panel blanco, de aires matéricos, recubierto con fragmentos de vidrio ¿es posible la mediación de alguna metáfora salvadora, existe un hilo conductor, puede escribirse un relato común? Tal vez. Entre el anuncio aterrador del posmodernismo más tajante, según el cual la era de las utopías modernas ha colapsado por completo, y la esperanza que anuncian los revisionistas (Habermas, Magris…) de una transmodernidad aún inconclusa, aún no post-utópica, entre una y otra verdad, digo, se expande la red de pesadillas e iluminaciones, de contradicciones y rectificaciones, de extravíos y reorientaciones que van tejiendo los creadores sobre un mapa que, pese a todo, debe seguir desplegándose. No es otra en el fondo la compleja propuesta expositiva, que, bajo el título de Las frases que nunca escribiré, nos presenta TEA para este verano.

           La poesía, el arte, la creación no ofrecen respuestas ni soluciones, a veces ni siquiera preguntas. Simplemente dan cuenta de un estado interior en reacción a otro externo. Naufragio de Mayte Vieta (Blanes, 1971), no es por si sola más que la fotografía enigmática de una barca que ha zozobrado. En cambio, puesta a dialogar con el resto de obras, se resustancia, vibra en otro tono, nos susurra otra canción. La barca, simbólicamente, es el vehículo del alma, pero también es la nave del mundo, del mundo y sus industrias. La barca se asocia al viaje y la transformación y por tanto al proceso histórico. Es imposible, en medio de este conjunto de obras, claro, contemplar esta fotografía de Vieta sin conjeturar el hundimiento del gran proyecto moderno. Pero cuidado, no todo es tan simple: la artista ha colocado cuidadosamente tras la placa fotográfica traslúcida una luz, un resplandor que surge del fondo de las aguas y pugna, esperanzado, por salir a flote.

Algo parecido sucede si nos acercamos a una de las piezas clave de esta muestra, Las frases que nunca escribiré de Carmen Calvo (Valencia, 1950): las astillas de cristal han sido dispuestas sobre el blanco a modo de renglones, formando un texto de frases ilegibles. Nada ocasiona en el alma humana más angustia que la pérdida de la unidad trascendental entre lo histórico y lo fenomenológico y, sobre todo, la falta de un lenguaje que la narre. En nuestra era, frente a la necesidad inconsciente y tal vez utópica de establecer un relato integrador (pues, no en vano, las astillas han sido colocadas para un rito interpretativo), la unidad de sentido y con ella la esperanza de un orden trascendental estalla en miles de fragmentos, creando una contradicción entre la energía salvadora inherente a la obra y la ansiedad ontológica que rezuma.

Las correspondencias inquietantes entre una realidad autodestructiva y la cultura finisecular o presecular, según se mire, conducen a Diego Vites (Pontevedra, 1986) a una suerte de reportaje fotográfico atomizado e interminable: Proyecto Fukushima Ostranenie. A modo de representación del mal, desviada o desplazada, las imágenes del horror que ocasionan catástrofes como la de Fukushima se filtran a través de mecanismos irónicos en los espacios de la cultura. Los coches destruidos por un tsunami, los cadáveres sepultados en los escombros, el dibujo a tinta del sismógrafo que anuncia la desgracia tienen antes o después su correlato en la pintura, la fotografía, la escultura, las acciones o la publicidad. Frente a la obra de Vites, de pronto somos capaces de des-alienarnos (que es la función de la ostranénie) y reconocer en el dibujo que traza la serpiente del Laoconte las grietas abiertas sobre el terreno por la acción de un terremoto.

La desintegración del discurso, se ha dicho, es la enfermedad nerviosa del lenguaje sometido a las tensiones que genera la aspiración utópica. Al mismo tiempo, la concreción fabril de la obra es su cura. Algo de esto aparece en los brochazos del lienzo de Günter Förg, en los rayones interminables y replegados de la parabólica de Julio Blancas (Gran Canaria, 1967). Por otra parte, el enmarañamiento de Enredos, de Daniel Canogar (Madrid, 1964), es lo contrario del tejido (del texto). El tejido representa un orden y un método: ambos alivian nuestras incertidumbres. En cambio, la maraña de cuerdas de la que penden atrapados los cuerpos humanos inermes simula la trampa de un arácnido paralizante.

No podemos dar cuenta detallada de las relaciones que cada una de la treintena de piezas que Las frases que nunca escribiré establece con la propuesta interpretativa de TEA. El visitante desfilará ante pinturas y fotografías magníficas de primerísimas firmas, como José Manuel Broto, Luis Palmero, Manuel Rivera, Alexis Leyva Machado, Santiago Serrano o José Ramón Ais, entre otros. En todos los casos, el leitmotiv utopía/desencanto lo llevará de una a otra obra en una sucesión de caídas y reinvenciones.

Todas las piezas de la exposición pertenecen al repertorio Los Bragales (uno de los más importantes y valiosos de España) del conocido coleccionista Jaime Sordo. La trayectoria de Sordo da comienzo a mediados de la década de 1970, época en que se inicia en el coleccionismo con obras de las denominadas escuelas de Madrid y París. Sin embargo, Sordo deriva pronto hacia estéticas menos realistas, más líricas, hasta interesarse finalmente por obras de un esencialismo radical, como en el caso de una de sus últimas adquisiciones, la parabólica del canario Julio Blancas. De las 350 piezas de que dispone la colección, 45 se encuentran en la actualidad depositadas en los sótanos de TEA. Escuchar a Sordo en un vídeo explicativo realizado con motivo de esta exposición es una experiencia gratificante. Sordo no es en absoluto esotérico, lo cual es poco común entre los coleccionistas. Más bien al contrario, siempre está dispuesto a “externalizar” su colección y, de hecho, no es la primera vez que colabora con TEA ni será la última. Casi una relación simbiótica los une: la primera vez que la Colección Los Bragales vio la luz expositiva fue en el año 2010 en TEA, tan solo dos años después de que la institución tinerfeña iniciara su andadura.