Una foto en Saint Germaine

Para Arpa

Ese jovencito que está ahí, en la foto, con pintas de viajero inexperto, eres tú. Me sorprenden tu perfecto afeitado y la melena negra y tupida que todavía se aferra a tu cabeza. Me sorprende aún más el gesto apacible de tu rostro, ladeado a la izquierda, aceptando un juego de poses juveniles, de complicidad secreta establecidos a solas con el ojo que se oculta tras el objetivo de la cámara. La gabardina de cuero marrón y corte militar que te cubre desde el cuello hasta las rodillas no fue adquirida en un mercado de Brest, como te figuras en primera instancia, tampoco en París por esos mismos días, sino algunos meses antes en Madrid. Quien sostiene la cámara en ese momento y aprieta el botón se llamaba Arpa. Me temo que es ella quien consigue que tu imagen resulte tan amable, incluso agradable. Se trata de una de las escasas imágenes que conservo de ti en la que de alguna manera soy capaz de vislumbrar el rostro de un individuo medianamente feliz, el rostro de un buen tipo. Ahora ha pasado el tiempo, y ya sabes lo que dicen: la felicidad de un hombre se mide en relación a su capacidad para mantener intacta su estupidez. Lo único que crees saber ahora es que la felicidad es el estado del alma más difícil de alcanzar. Desde que se viaja un poco y se conoce a gente, no digamos cuando te atreves a amarla, uno va perdiendo progresivamente todo aquello que en su alma justificaba la necesidad de buscar la felicidad y más aún el delirio de creer en ella. En esta ocasión has viajado junto a Arpa desde Brest, no sé si con grandes cargamentos de felicidad. Desde luego si que con un antiguo optimismo que hoy te parece lejano, casi un sueño. Recuerdas dejar la gare de Brest bajo un manto de lluvia negra y tupida que fue raleando a medida que el tren dejaba la montuosa Bretaña. Una vez en París te alojaste con Arpa, sin perder tiempo, en un hotelito modesto de Montparnasse recomendado por unos amigos brestois unos días antes. El hotel X, no lo recuerdas. Arpa ha traído en su maletín un hornillo eléctrico, con aspecto de cucaracha de baquelita, que usa para hacer té y calentar leche. Le haces saber que está prohibido encender hornillos en las habitaciones sin cocina. Lo dice ese cartelito rojo pegado a la moqueta de la pared. Mientras descubres en el mapa extendido en la cama que el famoso cementerio de Montparnasse no se encuentra a más de dos cuadras del hotel, Arpa argumenta que conoce bien esa prohibición y que únicamente se refiere a los infiernillos a gas, y no a los hornillos eléctricos, puesto que en caso contrario nadie en su sano juicio hubiera instalado enchufes en las habitaciones. No hay nada que contrargumentar, no hay réplica posible. En su modo de pensar, Arpa es aplastante. Descorres la cortina de la ventana y aparece un patio interior colonizado por el verdín y un laberinto de canalillos chorreantes y asquerosos. Una de las esquinas interiores queda libre y ofrece una vista parcial del gran barrio y un fragmento de la construcción de muros negros y húmedos que no es otra cosa que el cimetière. A la mañana siguiente salen del hotel y buscan, bajo el aguacero, la tumba de Baudelaire. Crees haber escrito algo sobre esto en otro lugar, en tus diarios tal vez. Luego Arpa y tú abandonan Montparnasse y caminan sin rumbo, o se suben al metro sin saber con exactitud dónde te diriges, hasta que, cuando quieres darte cuenta y planificar los itinerarios, ya se encuentran frente a la colina de Montmartre. En fin, piensas, puesto que hemos llegado a parar aquí, subamos las escalinatas y visitemos la basílica blanca, en cuyas inmediaciones y jardines, según tus sospechas, proliferan carteristas, trileros y putas. Tu recuerdo del Sacré Coeur es muy vago y se mezcla con fotogramas de películas y lecturas de guías turísticas. La visita no se extiende por mucho tiempo. No sabes por qué acaban lejos de allí, en una calle de Saint Germaine. La foto de este jovencito con mata de pelo negro, barbilampiño y larga gabardina castrense fue tomada entre principios de enero y finales de marzo de hace quince años. Son algo más de las once de la mañana de un día gris y laborable, de calles mojadas y gente vestida con chubasqueros o guarnecida con paraguas, sombreros y paletós. Ves claramente en tu cabeza que Arpa ha tomado croissants y café en la terraza con toldos y mesas metálicas de una cafetería vieja en la que han conversado de arte. Ante la perspectiva de visitar de nuevo París, a ti a Arpa les invade el mismo sentimiento de emoción no resuelta, de intenso deseo de sonreír y caminar, de saludar a todo el mundo, aunque nadie conteste, de visitar librerías y pasear por el Sena, de abrazar estatuas desconocidas y curiosear en museos y galerías. Te levantas, pagas la cuenta y dan unos pasos por la acera hasta que ves al otro lado de la calle los rótulos de otra cafetería cuyo nombre, ignoras el motivo, te resulta familiar. Cuentas algo, algo que has leído. Tal vez un escritor conocido tuviera en otro tiempo la costumbre de sentarse por allí a desayunar y leer el periódico antes de volver a su estudio para sentarse frente a una triste máquina de escribir otros cincuenta años. (“Pero lo que yo les digo a esos mismos escritores es que han escogido una vocación que les obliga a estar encerrados en una habitación durante cincuenta años.” Paul Auster) Entonces Arpa decide fotografiarte con esa cafetería al fondo. Te pide que sonrías. Te niegas. Hace una broma, tal vez te guiña un ojo, se mueve a tu alrededor en busca de un mejor encuadre. Oyes sobre la acera el taconeo de sus botas altas. Finalmente aprieta el botón y ¡click!. En ese instante, justo mientras el dedo accionaba el mecanismo de la cámara, Arpa ignora por completo ―¿cómo saberlo?― que ese click, más de una década después, quince años después para ser exactos, perdida toda relación y contacto con el joven que acaba de fotografiar, iba a ser el argumento fantasmal de estas líneas, la escusa para que un hombre, a miles de kilómetros de aquí y de allí, a miles de kilómetros del mundo de los recuerdos, se siente frente a una triste máquina de escribir en su estudio solitario, al borde de los cincuenta años. Lo siguiente que recuerdas es que están de paseo por las salas del Centro Pompidou.