ANTES DEL FIN

[Para Famara]
La clara visión ―la experiencia directa, debería decir― que en la actualidad poseemos de la crisis profunda en que se halla sumido Occidente, ya había sido pronosticada por unos cuantos sabios modernos, entre ellos el novelista Ernesto Sabato en su magnífico libro “Antes del fin”. La crisis financiera y económica que hoy asola los países del primer mundo, y que posee algo de narcótico para masas, por cierto, debería ser llamada por su propio nombre, puesto que en realidad es el resultado visible, el síntoma sangrante, de otro tipo de enfermedad mucho más compleja, por ser altamente ideológica, que se ha extendido como una lepra silenciosa en los últimos doscientos años por las arterias del mundo capitalizado a través del mapa de las progresivas e ingenuas democracias social-cristianas. Un «mundo», por cierto, en el que las economías más potentes de Europa devoran sin rubor a sus vecinos menos afortunados, también países europeos llamados en sus día a compartir aquel sueño ecuménico de los hermanos continentales. Esa dolencia gangrenosa se llama capitalismo, y su ideología externa, la que era ofrecida a los ciudadanos como la panacea social y curación del barbarismo en una época o de la locura post-comunista en otras, prometía el fomento de la riqueza individual a través del libre mercado, mientras que por otra parte la sagrada institución democrática velaría por los intereses y derechos sociales de los individuos. Sin embargo, la criptoideología del capitalismo, con sus movimientos aparentemente irracionales, ha apuntado siempre a fines mucho más altos y totalitarios: la sustitución del poder político por su propio poder, el poder económico. El dominio de los bancos sobre los estados. Un eurosueño que ahora no es otra cosa que una pesadilla de la cual es imposible escapar. Porque ¿cómo huir de aquello que, al mismo tiempo que nos asfixia, nos mantiene con el agua al cuello? Causa hondo escalofrío, en este sentido, analizar uno de los pensamientos más certeros que sobre este asunto jamás he leído. Lo firma, en 1802, Thomas Jefferson, y dice así: «Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despierten sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron». La invocación de Jefferson a la inflación y la recesión económicas como instrumentos o tenazas financieros que sirven a la descapitalización y subordinación de los ciudadanos que a su vez, hipnotizados por el sistema, siguen pagando religiosamente sus impuestos y acatan el poder establecido, causa ―por su palmaria actualidad―, no ya escalofríos, sino verdadero pavor. Se diría que nuestro mundo, el mundo que conocemos, que está ahí fuera, tras la puerta de nuestra casa, se encamina hacia el abismo por esa doble senda. De hecho ya ha sucedido: los más débiles han cruzado la línea de inflación y se han adentrado en la recesión económica: la pobreza, el paro, la indefensión son los pasos subsiguientes. La solución propuesta por sus hermanos mayores europeos se resume en más financiación usurera y más endeudamiento. Más allá del símbolo del poder feroz del Gran Hermano predicho por Huxley, un ojo-cámara vociferador, se alza omnímodo, más cotidiano y silencioso, pero también más fuerte que ejércitos enteros listos para el combate, un simple y terrible cajero automático. Pero nuestra experiencia actual no se parece nada a un viejo sueño ecuménico, sino, como ya he dicho, a una pesadilla: ¿Quién podía imaginar que la ilustración y el racionalismo, la ciencia positiva y la revolución industrial nos conducirían, a lomos del rampante caballo del capitalismo liberal, a la cosificación de la humanidad ―no somos más que una cuenta bancaria―, al hecho incontrovertible de que una sola quinta parte de la población del planeta acumula más del ochenta por cierto de la riqueza mundial? El mundo ya no parece humano. Acaso nunca lo ha sido del todo. Soñó con serlo, pero se ha convertido en un negocio global regido por la razón económica, desembarazada de todo principio espiritual o moral, y cuyo fin no es nada. El sueño europeo del progreso, que nos haría prosperar tanto en el aspecto económico como en el aspecto social, nos ha llevado al borde del despeñadero. El abuso de tales ideologías, puestas al servicio de los procesos capitalistas, nos ha conducido a un hecho sin precedentes en la historia de la humanidad: países enteros, con sus gobiernos establecidos democráticamente, son dominados por un poder superior cuya única ley es la de la rentabilidad comercial y financiera. En “Antes del fin”, Ernesto Sabato lo resume así: «El absolutismo económico se ha erigido en poder.» Los organismos y entidades financieros de todo el mundo, en especial del mundo occidental, han logrado por fin la inversión total de los valores de la que ya nos hablara Nietszche hace más de un siglo. Se ha dicho que ya los políticos no pueden nada frente al absolutismo económico de las grandes casas jerárquicas del dinero, los créditos, las deudas y la compra-venta de capital. Y es cierto. Los parlamentos han caído bajo el fino zapato mocasín de las juntas directivas de los bancos. Lo vemos en Europa, en Italia, en Grecia ―y lo veremos en España también― , naciones rendidas al gobierno internacional de las finanzas y forzadas a admitir sin los trámites de sufragio a regencias tecnócratas cuyos dirigentes ha sido figuras preeminentes de la banca y los negocios del dinero. Erradicada la burguesía económica del siglo xix y creada en su lugar la gran clase media social europea del xx, ayuna de ideología propia, desideologizada, esa inversión total viene a significar que el ciudadano, dominado por los anzuelos financieros y despojado de su potens democrático se adentra por fin en el siglo xxi cosificado por completo, y despojado de sus facultades políticas. «El desarrollo ―escribe Sabato― facilitado por la técnica y el dominio económico han tenido consecuencias funestas para la humanidad.» No puedo estar más de acuerdo. Y lejos de plantear una solución internacional ―y en ello se percibe el sustrato irracional de estos procesos autodestructivos―, el mundo, con gobiernos políticos títeres, continúa huyendo hacia delante. Tal vez ya no haya solución, ni espacio para optimismo en nuestro atenazado y cotidiano devenir. Tal vez únicamente, como dice Camus ―citado en este libro por Sabato―, nuestra generación ya no aspira a transformar el mundo. Nuestra tarea simplemente «consiste en impedir que el mundo se deshaga.»
